Cada 4 de marzo, el mundo se detiene para reflexionar sobre uno de los desafíos sanitarios más urgentes de nuestra era: la obesidad. Sin embargo, lo que durante décadas fue reducido a una cuestión de fuerza de voluntad o disciplina personal, hoy la ciencia lo reconoce con claridad meridiana: la obesidad es una enfermedad crónica, compleja, sistémica y de base hormonal. No es un defecto de carácter. Es una enfermedad.
Una crisis global que ya no puede ignorarse
Las cifras son contundentes y deben sacudir nuestra conciencia colectiva. Según la Organización Mundial de la Salud y la World Obesity Federation, más de 1.000 millones de personas en el mundo viven actualmente con obesidad. Si las tendencias actuales continúan, para el año 2035, la mitad de la población mundial aproximadamente 4.000 millones de personas vivirá con sobrepeso u obesidad.
En América Latina, la situación es igualmente alarmante. Según la CEPAL y la OPS, más del 60% de los adultos latinoamericanos presentan exceso de peso, con países como México, Chile, Uruguay y Argentina liderando las estadísticas regionales. Ecuador no es la excepción: datos del ENSANUT revelan que cerca del 63% de los adultos ecuatorianos tienen sobrepeso u obesidad, con una prevalencia que se ha duplicado en las últimas dos décadas.

Estas cifras no son solo estadísticas. Son personas. Son familias. Son comunidades enteras cuya salud, calidad de vida y expectativa de vida están comprometidas.
La biología habla más fuerte que la voluntad
Durante años, la narrativa dominante fue cruel y equivocada: “si tienes obesidad, es porque comes demasiado y te mueves poco”. Esta visión reduccionista ignora décadas de investigación endocrinológica y neurobiológica que demuestran algo fundamentalmente distinto.
La obesidad es, en esencia, una enfermedad del sistema neuroendocrino. Hormonas como la leptina responsable de señalizar saciedad al cerebro, la grelina que estimula el apetito, la insulina, el cortisol, las hormonas tiroideas y los estrógenos juegan papeles determinantes en la regulación del peso corporal. Cuando este complejo sistema hormonal se desregula —ya sea por factores genéticos, epigenéticos, ambientales o metabólicos— el cuerpo defiende activamente el peso elevado como si fuera su ‘punto de ajuste’ biológico.
La leptina, por ejemplo, debería inhibir el apetito al aumentar los depósitos de grasa. Sin embargo, en personas con obesidad se produce frecuentemente resistencia a la leptina: el cerebro no recibe la señal de saciedad, y el hambre persiste de forma crónica, independientemente de la voluntad del individuo.
A esto se suman factores como la disrupción del microbioma intestinal, la inflamación crónica de bajo grado, la resistencia a la insulina, y el impacto de disruptores endocrinos presentes en el ambiente. La genética aporta hasta un 70% de la predisposición a la obesidad según estudios de gemelos. Culpar a la persona por su biología es tan absurdo como culpar a alguien por tener diabetes tipo 1.
El peso invisible: estigma, salud mental y barreras de acceso

Más allá de las complicaciones físicas diabetes tipo 2, hipertensión, apnea del sueño, enfermedades cardiovasculares, ciertos tipos de cáncer, la obesidad conlleva una carga psicológica devastadora, en gran medida infligida por la sociedad.
El estigma asociado a la obesidad es una forma de discriminación sistémica. Las personas que viven con obesidad enfrentan burlas, prejuicios laborales, maltrato en entornos de salud y una narrativa cultural que los responsabiliza moralmente de su condición.
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Estudios publicados en Obesity Reviews demuestran que el estigma no solo daña la salud mental incrementando tasas de depresión, ansiedad y trastornos alimentarios, sino que paradójicamente empeora la obesidad al elevar el cortisol y perpetuar los ciclos de alimentación emocional.
En América Latina, este estigma se potencia con desigualdades estructurales: el acceso a alimentos ultraprocesados baratos es inversamente proporcional al ingreso económico. Las comunidades más vulnerables, con menor acceso a espacios seguros para actividad física, a atención médica especializada y a alimentos frescos de calidad, son precisamente las más afectadas por la obesidad. El entorno enferma antes que la persona decida.
Tratamientos actuales: la ciencia avanza, el acceso debe seguirla
La buena noticia es que el arsenal terapéutico disponible hoy es más robusto que nunca.
Intervención de Endocrinología: usando farmacoterapia: tratando los ejes hormonales alterados asociado a medicamentos agonistas del receptor GLP-1 como semaglutida y tirzepatida han representado una revolución terapéutica, demostrando reducciones de peso de entre el 15% y el 25%.
Intervención nutricional personalizada: lejos de las dietas restrictivas genéricas, el enfoque actual se basa en patrones alimentarios sostenibles, adaptados a la biología metabólica individual, la cultura y las preferencias del paciente.
Apoyo psicológico y abordaje de salud mental: indispensable en todo proceso terapéutico, dado el peso del estigma y la frecuente coexistencia de trastornos emocionales.
Actividad física terapéutica: prescrita como medicamento, con objetivos funcionales más allá de la pérdida de peso: mejora de la sensibilidad a la insulina, salud cardiovascular y bienestar mental.
El reto en Ecuador y América Latina es de acceso. La mayoría de estos tratamientos son costosos o inaccesibles para la población de menores recursos. La política pública tiene una deuda pendiente con la obesidad como prioridad de salud pública.
Un futuro posible: cambiar los sistemas, no culpar a las personas

Este 4 de marzo, el mensaje de la World Obesity Federation resuena con fuerza: necesitamos un cambio sistémico. No basta con decirle a las personas que ‘com
an menos y se muevan más’. Necesitamos entornos alimentarios más saludables, etiquetado claro y honesto, impuestos a ultraprocesados, subsidios a alimentos nutritivos, espacios seguros para el ejercicio, y —sobre todo— una atención médica que trate la obesidad con la misma seriedad y compasión con la que trata cualquier otra enfermedad crónica.
La obesidad no es una elección. Es el resultado de una biología compleja interactuando con un entorno que, en muchos casos, está diseñado para enfermarnos. Reconocer esto es el primer paso para construir sistemas más justos y saludables para los 8.000 millones de razones que habitamos este planeta.
Desde Indoamérica, nos comprometemos a seguir educando, informando y promoviendo una cultura de salud basada en la evidencia, la empatía y el respeto a la dignidad de cada persona. Porque la salud es un derecho, no un privilegio. Y enfrentar la obesidad es una responsabilidad colectiva.
Escrito por Paola Romero, coordinadora del Observatorio de Salud Pública, Universidad Indoamérica.